sábado, 5 de marzo de 2016

Sin mecenas, no habría renacimiento

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La lista sería interminable.

Sin mecenas, no hubiera habido Renacimiento. El papel de los estadistas y gobernantes de las numerosas ciudades italianas que habían crecido al amparo del desarrollo del comercio y la artesanía bajomedieval es impresionante. Nunca antes había habido tan decidido afán por apoyar las artes y las letras entre los gobernantes como lo que nos muestra la Italia del siglo XV. Ni siquiera las ciudades flamencas, mucho menos implicadas en el mecenazgo literario o filosófico y más pendientes de su desarrollo económico que de su legado cultural. Ni siquiera el mundo de los monasterios medievales, demasiado encerrados en su propio desarrollo intelectual pero incapaces de competir  por mostrar sus logros artísticos más grandes.

La lista sería interminable pero pongamos algunos ejemplos breves para ilustrar nuestro tema. 

Federico de Montefeltro, duque de Urbino, señor de Ferrara, Pesaro y Fossombrone. Estos grandilocuentes nombres ocultan un territorio de apenas unos miles de kilómetros cuadrados. Enfrentado a los Malatesta de Rimini, enemigo declarado de Lorenzo el magnífico, de Florencia, en lucha permanente con Venecia, también fue aliado de los Sforza de Milán y, por matrimonio, del Papa Sixto IV,
Entre sus grandes logros no están las victorias militares sino su herencia artística, que nos deja un fabuloso Palacio Ducal en Urbino, ejemplo perfecto de la arquitectura del Quattrocento; una biblioteca sin parangón en Italia y convirtio a la ciudad en pocos años en un extraordinario centro intelectual y artístico con pintores como Piero della Francesca, Paolo Ucello, Melozzo da Forli, Justo de Gante o Pedro de Berruguete; escritores como Baltasar de Castiglione y Pietro Bembo; arquitectos como Leon Batista Alberti, Luciano Laurana o Francesco di Giorgio; matemáticos como Luca Pacioli o Paulus von Middleburg, poetas y músicos como Ottaviano Petricci. El gran Rafael, nacido en Urbino, siendo su padre pintor de la Corte, nunca olvidará su ciudad natal.


Palacio Ducal de Urbino
Arquitectos Laurana y di Giorgio.


Dos obras de Piero della Francesca realizadas en su estancia en Urbino. 
Retrato del duque y la Virgen de Brera o del huevo.


Citar aquí a Lorenzo de Medicis es inevitable. Bajo el control de la familia Medici, Florencia alcanzó las más altas cotas de prestigio político e intelectual. 
Primero fue Cosimo. Cosimo fue uno de los grandes mecenas del renacimiento. Personajes como Ghiberti o Brunelleschi crecieron intelectual y artísticamente a su lado. Trabajaron para él autores de la talla de Donatello, Filippo Lippi y Fra Angelico.  Hizo construir a Michelozzo, un enorme palacio en el centro de la ciudad, modelo de todos los siguientes palacios en Italia y en gran parte de Europa hasta mediados del siglo XIX.
Pero es Lorenzo el gran mecenas, el ejemplo perfecto. No estaba muy interesado en acrecentar la fortuna familiar. Prefirió gastar parte de su fortuna familiar en mantener una amplia corte de intelectuales y artistas que engrandecieran la ciudad y su legado. El mismo Lorenzo era un hombre de talento, deportista y poeta. Bajo su gobierno, Leonardo da Vinci, Miguel Angel Buonarotti, Boticelli, Verrochio, Luca della Robbia, Alberti o Piero della Francesca trabajaron en Florencia y vivieron de los Medici; pensadores y científicos como Toscanelli, Maquiavelo, Marsilio Ficino o Pico della Mirandola, dentro de la Academia Neoplatónica que había fundado su padre. 
Su popularidad y poder despertaron la envidia de otras familias. La familia Pazzi intentó tomar el poder con una conjura contra los Medici, realizada en la Catedral de Florencia. Mataron a Giuliano e hirieron a Lorenzo. Tiempo después murió. Llorado por los florentinos, la familia siempre mantuvo el patrocinio artístico en las generaciones siguientes.

Tumba de Lorenzo de Medici, realizada por Miguel Angel

El nacimiento de Venus, de Sandro Boticelli



Los Papas, y entre ellos Sixto IV, Julio II, Leon X; los Sforza; los Malatesta; los D'este; los Gonzaga o los Borgia...La lista es interminable.

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