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jueves, 17 de noviembre de 2011

Ara Pacis Augustae

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Pues, sí.
Como muchos habéis indicado la imagen de la semana pasada era el Ara Pacis. Construido por el Senado de Roma hacia el año 9 ac. para conmemorar las victorias de Augusto en Hispania y Galia, alabando la nueva Pax Augustae que se extendía por el Imperio Romano.
El edificio, especialmente simple, destaca por los magníficos altorrelieves que decoran sus paredes. Es, quizás, el más depurado ejemplo del relieve imperial de influencia clásica existente hasta ese momento. Más adelante, otras construcciones como las columnas de Trajano o Diocleciano o los relieves de los arcos de Septimio Severo o Constantino ofrecerán ejempolos más elaborados y complejos del relieve romano.

En el interior el friso está ocupado por guirnaldas y bucraneos. En el exterior los zócalos se recubren de roleos de acanto. Los frisos exteriores tienen distinta decoración según su ubicación: flanqueando las puertas cuatro alegorías, y en los muros laterales dos procesiones.




Las alegorías están relacionadas con la mítica fundación de Roma. De los cuatro originales solo dos se han conservado casi completos; uno de éstos representa a Eneas y el otro (el mejor conservado) a la Tierra, como una mujer con dos niños, flanqueada por los genios fertilizantes del Aire sobre un cisne y del Agua sobre un monstruo marino; todo ello acompañado de frutos y animales que hacen alusión a la prosperidad proporcionada por la Paz de Augusto.

La procesión de los frisos laterales representa a Augusto, su familia, amigos, magistrados y senadores, componiendo un magnífico conjunto de retratos que, no obstante, deja entrever una fuerte influencia de las Panateneas del Partenón, si bien los personajes procesionan en dos filas con más orden y disciplina que en el templo ático. Se combinan altorrelieves con medio y bajorrelieves, que contribuyen a crear sensación de profundidad.


Es esta parte del friso la que más me interesa destacar. Las figuras siguen la tradición romana del retrato realista. Los miembros de la familia imperial se pueden reconocer por sus rostros aunque sus cuerpos estén idealizados. Igualmente, el autor dota al friso de unos rasgos especiales que rompen con la monótona sucesión de figuras: las figuras se relacionan, hablan entre sí; hay diferentes planos o capas de figuras, dando mayor importancia a unas que a otras; hay figuras que se salen del marco tanto porque parecen de bulto redondo como porque hay partes de su cuerpo (pies y manos) que superan realmente el marco del friso.


Sin duda, y sin considerar la técnica de los escultores muy fiel al clasicismo, el Ara Pacis ofrece soluciones romanas a un estilo heredado de Grecia como son los grandes frisos de figuras.






sábado, 15 de octubre de 2011

Elgin Marbles

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areté

Término griego que procede del comparativo del adjetivo agathós, «bueno», que a su vez procede de la raíz aga- («lo mejor»), que se apoya en la partícula inseparable «ari-», indicadora de una idea de excelencia, que está en la base de aristos (el superlativo de distinguido y selecto, que en plural era utilizado para designar la nobleza o aristocracia). Significa, originariamente, «excelencia o perfección de las personas o las cosas». En este sentido, los griegos de la época de Homero y de Hesíodo, y hasta el siglo IV a.C., hablaban de la areté como de una fuerza o una capacidad: el vigor y la salud son la areté del cuerpo, la sagacidad, la inteligencia y la previsión son areté del espíritu. Posteriormente, y debido a la influencia de Aristóteles, este término ha pasado a traducirse habitualmente por virtud. Areté, en arte, significa la perfección de formas, esa belleza inspirada en principios matemáticos pero cubierta por una capa de humanidad. Areté es la excelencia de consiguió Fidias de él mismo y de su equipo de escultores en el Partenon, superando a Policleto o a Mirón. Esa areté que ha fascinado a la civilización occidental hasta hoy en día: nadie ha sabido captar con mayor naturalidad la perfección física del ser humano sin renunciar al “ethos”, a la expresión del carácter.


Thomas Bruce, escocés, séptimo conde de Elgin y Kilcardine, paseaba muy habitualmente por las ruinas clásicas de Atenas. Su formación clásica de Eton y su larga experiencia cultural por las cortes europeas le hacían rechazar el fascinante mundo islámico y orientalizante de la Sublime Puerta pero, en cambio, se veía atraído constantemente por la fuerza de los restos clásicos que el Sultán despreciaba. Aunque eran tiempos difíciles en plena guerra contra Napoleón, él intentaba acercarse a Atenas para disfrutar de esa pasión secreta: recrear el mundo clásico, sentirse heleno por momentos, alcanzar la areté que todo clasicista busca.


Dos noticias le tenían consumido. Una, más mundana y real, era que Bonaparte había aparecido en Paris, tras huir de Egipto, para tomar el poder absoluto en Francia. El Foreign Office no estaba precisamente contento por la incapacidad mostrada por el Sultán para contener los avances de Napoleón y barajaba la posibilidad de enviar una expedición militar para acabar con el ejército francés en Egipto. No salía bien parado de esta jugada. Probablemente, sería destinado a otro lugar y a una peor posición.  
La segunda, le desasosegaba. Había llegado a sus oídos que las autoridades turcas habían permitido a contratistas comprar enormes cantidades de mármol del Pentélico de las ruinas atenienses con la intención de quemarlas y producir cal. Era increíble. Él sabía que aun en el Partenon y en sus alrededores había cientos, miles de maravillosos restos de la decoración del templo, tirados, pateados y despreciados. Algunos los había intentado comprar sin mucho éxito pero ahora sabía que tenía que hacer algo para que no se perdieran.




Su plan era audaz y no exento de peligro. Había enviado a Lord Palmer en Londres un requerimiento para hacerse con esos restos al igual que había ocurrido con la Piedra Rosseta en el Cairo y otros interesantes restos funerarios egipcios. Negativa por respuesta. Londres ni siquiera le permitía solicitar un permiso para datar, catalogar y dibujar los restos de la Acropolis.

Pues bien, yo los salvaré. Serán míos. Y así fue. 

Contrató a un dibujante y pintor italiano, Lusieri, para dar apariencia legal a su “investigación”. Sabía Bruce, duque de Elgin, que ese trabajo de catalogación ya se había hecho durante el siglo XVII y todas las piezas estaban perfectamente descritas. Él siempre afirmó que ese estudio estaba perdido pero, en secreto, había recuperado dos copias del mismo, una en Paris y otra en el Gran Bazar de Estambul. Nunca se lo dijo a nadie, ni a su esposa. Durante días, pateó y recorrió los restos del Partenon, siguiendo las indicaciones de la vieja investigación. Allí es donde preparó la gran mentira, la farsa que ha permitido a la humanidad conocer las más maravillosas esculturas de la antigüedad clásica.

Falsificó una carta del asiento de la Sublime Puerta para iniciar obras de “excavación”. Fue fácil porque el voivode o gobernador turco de Atenas fue largamente recompensado. Lejos de eso fue pacientemente sacando de la acrópolis decenas de piezas. Las más grandes lejos de la vista de los atenienses, muy celosos de sus templos. Para no levantar sospechas, las supuestas “obras arqueológicas” se extendieron durante una década. Las campañas napoleónicas por Europa le hicieron un favor: nadie se preocupaba de un filántropo inglés, medio loco que se dedicaba a pagar enormes sumas de dinero por dibujar y catalogar piedras. “Ingleses…” se decían. Hasta 70.000 libras esterlinas de la época –una fortuna- se gastó Lord Elgin. Pero, ya eran suyas y estaban en Porsmouth a buen recaudo. Quizás el peor momento fue cuando estuvo a punto de naufragar en el canal la goleta que llevaba gran parte del friso de las Panateneas. Sin embargo, al fin, todo había terminado felizmente.

Falso. En 1812 un descuido en las aduanas turcas desveló que las importaciones del Lord inglés eran antigüedades clásicas. El gobierno inglés, por orden directa de Lord Liverpool, primer ministro, intentó recuperarlos por la fuerza. Se abría un largo litigio legal sobre la propiedad de ese legado obtenido de forma irregular en el extranjero. Finalmente, en 1816, sumido en una profunda depresión, Lord Elgin los cedió al British Museum –la guerra le obligó a rechazar una fabulosa oferta de Bonaparte- y pasaron a ser propiedad del estado británico. El gobierno le pagó una cantidad irrisoria que le llevó a la bancarrota.
Me imagino el rostro, la mirada fija, casi llorosa de Lord Elgin apoyado en su bastón, carcomido por una artritis originada por la sífilis, viendo sacar de su palacio a las afueras de Londres, cajas y cajas con sus “queridos” mármoles. Esto, y su divorcio de Mary Nisbet, acabaron con su prometedora carrera como par del Imperio.

17 grandes figuras, entre ellas las 3 parcas, su más preciado tesoro, 75 metros de relieves del friso de las Panateneas, decenas tablas de las metopas de los Centauros y los Lapitas. Y hasta una kariatide del Erecteion.
Pocas veces el amor al arte, a la cultura clásica, se ha malinterpretado como expolio. Pero nunca un “expolio” ha sido tan productivo para el genio y el conocimiento humano, por cuanto, diez años después en la guerra de Independencia griega la Acrópolis ateniense fue asediada por los Turcos dos veces y decenas de restos fueron utilizados como parapetos y fortificación, perdiéndose para siempre.

Gracias Thomas Burke, Lord Elgin. Areté.













Si quieres conocer más de estas esculturas y relieves puedes consultar las siguientes páginas web sobre el tema.

 Rápido repaso al programa escultórico del Partenon
Sobre Lord Elgin y las esculturas del Partenon
Otro somero estudio de las esculturas

Magnifica página del british Museum sobre los Elgin Marbles

Iniciarte nos cuenta la verdadera historia de Thomas Bruce

Enseñ-árte nos ilustra, como siempre

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jueves, 21 de octubre de 2010

¿Repasamos la escultura griega?

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Dejadme que os ponga en esta entrada unas magníficas presentaciones de powerpoint para que repaséis y preparéis vuestros trabajos de la escultura griega.

Xarogonza nos ofrece el clasicismo...



Gracias a Paco Bermejo por su excelente trabajo...



También un agradecimiento a Alfredo Rivero por su presentación...


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jueves, 1 de abril de 2010

Gregorio Fernández, el más grande

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Si hay algún autor que representa el espíritu de la Contrarreforma católica de Trento, ese es Gregorio Fernández.

La combinación de realismo naturalista como el refinamiento de sus anatomías crea unas figuras que muestran un hondo sentir, un dramatismo alejado de la morbosidad de la sangre o del sufrimiento exagerado. La fuerza de la expresión recae en rostro y manos mientras los cuerpos, magníficamente modelados, buscan más mostrar la perfección técnica y anatómica.

Para reforzar este naturalismo, este patetismo, Fernández utiliza técnicas propias de su momento como son postizos muy variados, desde vidrios en ojos hasta corcho para crear sangre coagulada. Igualmente, viste a sus figuras con amplias vsteiduras que permiten modelar los cuerpos de manera más rotunda.

El abandono del oro, de las técnicas de esgrafiado y del estofado, la vuelta a colores más naturales y menos brillantes dotan a sus obras de un mayor realismo y cercanía al espectador.

1616 es una año clave en su producción.
Bajo el valimiento del Duque de Lerma y en un periodo de paz en el Imperio, los encargos se sucedían con rapidez. Para este año le encargan la realización de la Piedad entre los ladrones, actualmente pieza clave del Museo Nacional de Escultura del Colegio de San Gregorio en Valladolid. Encargada por la cofradía de Nuestra Señora de las Angustias de Valldolid, es quizás uno de los conjuntos escultóricos más impresionantes del barroco, no sólo español sino europeo.

"El grupo central, en el que se encuentra la Virgen y Jesús, está compuesto en diagonal. La Virgen eleva el brazo derecho en señal de dolor, mientras con su mano izquierda sostiene al Hijo, que se apoya en su regazo. Ambos están tratados con belleza y elegancia, mientras que los dos ladrones suponen un magnífico estudio anatómico. Dimas, el bueno, tiene una actitud serena y su rostro, tranquilo, se dirige hacia el grupo central. Gestas, el malo, con el cuerpo más crispado, el pelo agitado y un rostro desagradable, tiene la cabeza vuelta hacia el espectador." (ArteEspaña).






¿No es el rostro de una madre ante el sufrimiento de su hijo muerto? ¿No implora, exige, explicaciones mirando hacia el Altísimo? ¿ No es el gesto exhausto, final, del Cristo, expiando con sus últimas fuerzas la voluntad de Dios Padre, pero transido por el dolor?. Más allá del modelado hay un profundo sentimiento humano y religioso en esa obra.

Igualmente, son espectaculares sus Cristos yacentes y sus pasos procesionales -Tengo sed (1612) y Camino del Calvario (1614), pertenecen a su primera etapa, apreciándose ya la madurez de su estilo en el Descendimiento (1623)-, unos por el maravilloso estudio del cuerpo de Cristo en el trance de la muerte; otros, por los magníficos conjuntos y las arriesgadas composiciones que muestra en ellos.






Lo que yo os planteo aquí es que en vuestro blog hiciéseis un comentario de esta obra siguiendo los parámetros de análisis planteados en clase.

La práctica es la esencia del éxito.

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lunes, 29 de marzo de 2010

Museo Nacional de Escultura de Valladolid

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Quien quiera conocer las claves de la escultura española renacentista y barroca tiene que acudir a un lugar por encima de cualquiera:
El Museo nacional de Escultura de Valladolid.


Es uno de los grandes museos del país, eclipsado quizás por las glorias del Prado, el Thyssen, el Reina Sofia, el de bellas Artes de Sevilla, el Nacional de Cataluña o el Museu Picasso de Barcelona.

Pero quien adore la escultura no podrá dejar de reconocer que recorrer las salas del Colegio de San Gregorio es una experiencia entre sublime y sorprendente.



El peso del Museo recae sobre las colecciones renacentista y barroca.

Hay otros autores de renombre: Felipe Bigarny, Rodrigo de Holanda, Morlanes, Arnao de Bruselas, Esteban Jordán, Antonio Moro o Pompeo Leoni son figuras para nosotros de segundo orden pero que muestran la transición de un gusto gótico, cercano a las ideas de Slutter a un gusto italianizante, cercano a la obra de della Robbia o Miguel Angel.

Son Alonso Berrugute y Juan de Juni, nuestros protagonistas.




Hoy el Museo presenta parcialmente reconstruido -es una maravilla verlo así- el retablo de San Benito el Real (1526) donde Berruguete nos muestra toda su fuerza creadora. Hay múltiples escenas a destacar pero por encima de todo hay que destacar su técnica:

. maravilloso modelado, a veces voluminoso , a veces con un canon un poco más estirado pero
siempre proporcionado.

. centra su mejor producción en el tratamiento del desnudo.
. el uso perfecto de la técnica de la encarnadura, el esgrafiado y del estofado dando una
riqueza visual y un realismo a las figuras que no tiene la obra en piedra o marmol.

. la fuerza dramática de las escenas y de las figuras aisladas tanto en sus gestos como en las
relaciones entre personajes.

. la composiciones complejas, abiertas, con diagonales, a veces desequilibradas y grupos
enfrentados y muy definidos.


Manierista sí pero también versátil pues es capaz de componer obras maravillosamente exageradas y dramaticas como el San Sebastian o el Sacrificio de Isaac o sosegadas como la Adoración de los Magos.



En fin, reconozco mi debilidad personal por la obra de Berruguete. Como también reconozco que es un autor minusvalorado en la imaginería renacentista pero que está a la altura de los más grandes del renacimiento italiano.

Otras obras suyas son la sillería de la catedral de Toledo o el retablo de la Mejorada en Olmedo, Valladolid.







Con un efecto de perspectiva, hoy podemos contemplar al final de una larga sala, flanqueada por un hermosa sillería, la más renombrada obra de Juan de Juni "El Santo Entierro".




Formado en Italia y en Francia, se instala en León para acometer obras en el Hospital de San Marcos y luego en Medina de Rioseco. Su destino final, Valladolid, centro artístico en España en ese periodo.

Su obra es extensísima pero dejadme que me centre en el Santo Entierro del Colegio de San Gregorio. Su ubicación original fue el Convento de San Francisco, hoy desaparecido. Finalizada en 1545, es quizás su obra más conocida junto a la Virgen de las Angustias.

En ella detectamos algunas de sus principales características:

. figuras muy volumétricas, de grandes proporciones, miguelangelescas con un modelado
fuerte y grueso, muy al estilo de la herencia borgoñona.

. marcados scorzos pero dentro de una composición simétrica y muy clara
. muy detallista en ropajes, rostros, manos, detalles de objetos gracias a su excelente
terminado pictórico

. Intensidad expresiva tratando de mostar el dolor contenido y el dolor explícito, a la vez que
a través de ciertas figuras que miran al espectador atraerlo para participar en el grupo
escultórico.


Hay pocas visiones tan impresionantes como este conjunto. Ahi, en el Museo, a tu alcance, a la mano, casi real. Las miradas de José de Arimatea, el desconsuelo de la Virgen, el tránsito de Jesús a la muerte...¡cualquier figura es tan llamativa!. He visto al natural a Miguel Angel o a Bernini y no tienen menos fuerza de Juni.

Otras obras de Juan de Juni son el Retablo de la Antigua en Valladolid, la Virgen de las Angustias, La Piedad de Medina del Campo o el San Antonio de Padua con niño.
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martes, 13 de octubre de 2009

Cada oveja con su pareja

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¿SERÍAS CAPAZ DE ADSCRIBIR CADA OBRA A UN PERIODO DE LA ESCULTURA GRIEGA (ARCAICO, CLÁSICO, HELENÍSTICO) Y EXPLICAR BREVEMENTE PORQUÉ HAS TOMADO ESA DECISIÓN?




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EN EL BLOG DE CLASE PUEDES RESPONDER NOMBRE DE CADA OBRA, FECHA APROXIMADA Y AUTOR ASÍ COMO, POR SUPUESTO, PERIODO AL QUE PERTENECE.

EN TU BLOG PUEDES DAR LA RAZÓN O RAZONES QUE TE HAN LLEVADO A ADSCRIBIR CADA OBRA A UN PERIODO.

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How do you say in English...?

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